Esta semana se ha aprobado oficialmente una nueva serie de proyectos de ley que van a causar revuelo en uno de los aspectos más preciados de la vida en Nueva York: nuestros queridos vendedores ambulantes.
Desde los «dirty water dogs» hasta los carritos halal y los puestos de churros, los vendedores ambulantes forman parte del tejido de la ciudad desde hace mucho tiempo. Son tan parte de la cultura neoyorquina como los taxis amarillos y las bodegas de barrio, y aparecen en las comedias románticas clásicas, en las fotografías callejeras icónicas y en casi todos los itinerarios imprescindibles para quienes visitan la ciudad por primera vez.
Además de alimentar a las multitudes nocturnas y a los ocupados viajeros, los vendedores aportan color, sabor y accesibilidad a las aceras, convirtiendo las calles cotidianas en espacios públicos compartidos con un aire distintivamente neoyorquino.

🌭 Nuevas leyes aprobadas: lo que hay que saber
Su larga presencia también ha venido acompañada de barreras de larga data. Durante años, el sistema de venta ambulante de la ciudad de Nueva York se ha caracterizado por la escasez: muy pocas licencias, listas de espera de décadas y un laberinto de normas de aplicación. Pero el 30 de enero de 2026, el Ayuntamiento decidió cambiar eso. El Ayuntamiento aprobó un amplio paquete de reformas para los vendedores ambulantes, rechazando la oposición del exalcalde Eric Adams y señalando un importante cambio de política.
En el centro del paquete se encuentra la Intro. 0431, patrocinada por la concejala Pierina Ana Sánchez, que amplía drásticamente el acceso a las licencias de venta ambulante y, al mismo tiempo, reformula la forma en que la ciudad supervisa y regula el sector.
Las cifras hablan por sí solas. Se calcula que en la ciudad de Nueva York hay unos 20 000 vendedores ambulantes, pero antes de esta legislación solo existían 6880 permisos para vendedores de comida y 853 licencias de venta ambulante en general en toda la ciudad. La lista de espera oficial, que lleva cerrada desde 2016, incluye a más de 10 000 personas, muchas de las cuales llevan años esperando sin una perspectiva clara de futuro.

🏙️ ¿Cómo afectará esto a los vendedores ambulantes y a los clientes?
En virtud de las nuevas leyes, la ciudad comenzará a expedir 2200 nuevas solicitudes de licencia de supervisión cada año desde 2026 hasta 2031, junto con 10 500 nuevas licencias de venta general a partir de 2027.
Un proyecto de ley relacionado, Intro. 1251, autoriza explícitamente a los organismos municipales a expedir licencias hasta que se alcancen estos nuevos límites, eliminando las restricciones que antes ralentizaban o paralizaban el proceso.
Pero el paquete no solo se centra en ampliar el acceso, sino que también refuerza el marco en materia de formación, saneamiento y responsabilidad. Los vendedores deberán completar una formación ampliada para vendedores ambulantes, mantener la limpieza alrededor de sus carritos y presentar pruebas de la eliminación de residuos.
La ciudad también desplegará más agentes de control para realizar inspecciones, al tiempo que aumentará las sanciones por determinadas infracciones relacionadas con la ubicación y el emplazamiento. Ahora las licencias pueden suspenderse o revocarse tras tres infracciones en un mismo año, una disposición que, según sus defensores, crea expectativas más claras y sustituye al mosaico de medidas de control del pasado. La supervisión también se ve reforzada: se ampliará la Junta Asesora de Vendedores Ambulantes, a la que se le encomendará formalmente la tarea de revisar las normas y formular recomendaciones, lo que dará a los vendedores una mayor voz en la configuración de las regulaciones que les afectan.

Mientras tanto, la Introducción 0408 establece una nueva División de Asistencia a los Vendedores Ambulantes dentro del Departamento de Servicios a las Pequeñas Empresas, diseñada para ayudar a los vendedores a navegar por los trámites de licencia, cumplimiento y educación.
Para miles de neoyorquinos que han estado esperando, a veces durante una década o más, el mensaje ya está claro: la puerta por fin está empezando a abrirse. Porque en una ciudad que nunca duerme, siempre debe haber espacio en la acera para un perrito caliente, un churro y las personas que hacen que Nueva York sepa a hogar.