Si alguna vez has maldecido a un autobús que llegaba tarde mientras estabas parado en una esquina helada o bajo un calor abrasador, el interventor Brad Lander tiene una noticia: no está sólo en tu cabeza. El sistema de autobuses de Nueva York es realmente malo.
Un nuevo informe de la oficina de Lander, acertadamente bautizado como «La vida en el carril lento», califica todas las líneas de autobús de la ciudad, y los resultados son tan deprimentes como tu viaje diario al trabajo.
Más de la mitad de los autobuses de la ciudad -el 56%- obtuvieron una D o una F. En otras palabras, son tan poco fiables como el metro, en torno al cual ya te has inventado excusas para no llegar tarde.
¿El peor? Manhattan: casi tres de cada cuatro autobuses (un asombroso 73%) suspendieron.
Aquí, el tráfico es tan brutal que algunos autobuses circulan a velocidades tan bajas como 8 km/h. Eso es más lento que un trote. Eso es más lento que un corredor en Central Park, más lento que tu abuela caminando con una bolsa y más lento que la bicicleta eléctrica que casi te atropella esta mañana. A ese ritmo, da igual que vayas andando.

Los conductores de Brooklyn tampoco se libran.
Los autobuses del distrito son los peores en «bunching», esa pesadilla en la que esperas una eternidad y aparecen dos autobuses a la vez como si fuera una broma cruel de la MTA.
¿Y los autobuses exprés? Consiguen alcanzar cierta velocidad en puentes y autopistas, pero fracasan estrepitosamente en la puntualidad. De hecho, las diez líneas con índices de puntualidad inferiores al 50% son líneas exprés. Imagínese pagar más por un autobús que llega tarde la mitad de las veces.
En toda la ciudad, la velocidad media de los autobuses ronda los 15 km/h, exactamente la misma que hace diez años. Años de promesas sobre la «prioridad de los autobuses» y los «desplazamientos más rápidos» no han aportado más que más tiempo para terminar el podcast.

Dicho esto, hay algunos pequeños puntos brillantes: los autobuses que circulan por la zona de congestión al sur de la calle 60 se han acelerado este año, y un puñado de líneas, como la B31 y la B84 de Brooklyn, han obtenido raras calificaciones de sobresaliente.
Pero para la inmensa mayoría de los neoyorquinos, el viaje sigue siendo miserable.
En palabras de Lander, este informe pretende ser una llamada de atención. Pero para los neoyorquinos, que llevan décadas quejándose tanto del metro como de los autobuses, parece más bien un déjà vu. Otro informe, otro suspenso y otro recordatorio de que, aunque la ciudad nunca duerme, el transporte público está permanentemente atascado en el tráfico.